El rostro de mi madre
UN ROSTRO
Por Germán Dehesa
He olvidado el rostro de mi madre. Creo ya haberles recomendado la lectura de una novela titulada La Sombra del Viento de Carlos Ruiz Zafón (Ed. Planeta). Si me haces caso, lectora lector querido, te encontrarás con un niño llamado Daniel que vive en la entenebrecida Barcelona inmediatamente posterior a la Guerra Civil. Daniel perdió a su madre cuando era muy pequeño; sin embargo, el niño se defiende de la muerte mediante un interminable monólogo que dirige al fantasma de esa mujer cuyo cuerpo fue su primer territorio. La novela comienza esa madrugada en la que Daniel descubre que ya no recuerda el rostro de su madre y ya no tiene a quién dirigir sus palabras. Para el niño ésta es la verdadera muerte de su madre y su pleno ingreso en la orfandad. Éste es también el mecanismo que pone en marcha la novela. De hecho, en algún punto del relato, Daniel nos avisa que es muy probable que él se haya lanzado a la aventura de contarnos esa historia prolija, gótica, misteriosa con la ilusión de que las palabras así ordenadas le devuelvan un esbozo, un perfil del rostro amado y olvidado.
Mi madre murió hace ya un buen número de años. Supongo que muchos de ustedes estarán en condición similar. Ahora que leía la historia de Daniel, me impuse la tarea de recordar el rostro de mi madre. Por supuesto que no me refiero a esa imagen congelada, más muerta que la muerte, que me entregan las fotografías. Ése no es el rostro de mi madre. El de ella era vivaz, móvil, expresivo, apasionado, duro y enternecido. Todo eso era; por lo menos, creo recordar que todo eso era. Lo que ya no recuerdo es el rostro en sí. El tiempo se ha encargado de quitármelo luz a luz. Se trata de un grave despojo. Entiendo perfectamente aquello que dice Bergman acerca de que no hay paisaje más fascinante y misterioso que el rostro de los seres humanos donde, por acción del tiempo, comparecen todas las edades, todos los estados de ánimo, todos los talantes de la humanidad. Esto lo recuerdo muy bien. Durante 40 años largos fui lector de ese rostro que, según recuerdo, tenía plenos poderes sobre mi risa y sobre mi ira. Entiendo el grave absurdo implícito en el hecho de que recuerde todas las potestades y todas las edades de ese rostro y que, sin embargo, haya olvidado el rostro en sí. Con él me regañaba, me celebraba, me censuraba, me felicitaba y de tiempo en tiempo, se dejaba ganar por la ternura y me devolvía súbitamente a la edad de la plena indefensión y dependencia. Recuerdo que ese rostro se aterraba ante las heréticas demasías de mi padre, se tornaba inexpresivo y ausente cuando mis tíos practicaban con aceptable galanura el mexicano deporte del albur; recuerdo también su rocosa dureza cuando estaba sentida con mi papá y había decidido no dirigirle la palabra (Germán: dile a tu padre que me pase el salero); estoy seguro de que se transformaba en El Éxtasis de Santa Teresa de Bernini cuando se hacía presente en los velorios caracterizada como la diva del Rosario de quince misterios. Casi una hora consumía en esta mística faena y jamás me he vuelto a encontrar con una virtuosa del rezo como ella que era capaz de incluir en sus rogativas materias tan diversas como las que se enuncian en Goce puerto el navegante y De la nación mexicana la unión y feliz gobierno (si supiera, la pobre).
Todo esto y mucho más; todo esto y lo que no recuerdo, ocurría en el rostro de mi madre. Llegada la noche, la evoco apagándome la luz (ya no leas, mijo, se te va a dañar la cabecita). No le faltaba razón. Ya en penumbra, me persignaba y decía: Virgen: cúbrelo con tu manto y dale tu bendición. Estos jirones son los que he salvado de ese naufragio que a todos nos prepara el mar del tiempo. Sin embargo, el rostro de Margarita Violante de Dehesa es una luna que reflejada en el agua se ha ido desdibujando irremisiblemente. Ni siquiera puedo, como el Daniel de la novela, decir que escribo para recuperarlo. No lo sé. Me consta que este artículo sí tuvo la clara intención de puntualizar que tuve madre y que mi madre tuvo un rostro que reflejó mis primeros asombros.
Por Germán Dehesa
He olvidado el rostro de mi madre. Creo ya haberles recomendado la lectura de una novela titulada La Sombra del Viento de Carlos Ruiz Zafón (Ed. Planeta). Si me haces caso, lectora lector querido, te encontrarás con un niño llamado Daniel que vive en la entenebrecida Barcelona inmediatamente posterior a la Guerra Civil. Daniel perdió a su madre cuando era muy pequeño; sin embargo, el niño se defiende de la muerte mediante un interminable monólogo que dirige al fantasma de esa mujer cuyo cuerpo fue su primer territorio. La novela comienza esa madrugada en la que Daniel descubre que ya no recuerda el rostro de su madre y ya no tiene a quién dirigir sus palabras. Para el niño ésta es la verdadera muerte de su madre y su pleno ingreso en la orfandad. Éste es también el mecanismo que pone en marcha la novela. De hecho, en algún punto del relato, Daniel nos avisa que es muy probable que él se haya lanzado a la aventura de contarnos esa historia prolija, gótica, misteriosa con la ilusión de que las palabras así ordenadas le devuelvan un esbozo, un perfil del rostro amado y olvidado.
Mi madre murió hace ya un buen número de años. Supongo que muchos de ustedes estarán en condición similar. Ahora que leía la historia de Daniel, me impuse la tarea de recordar el rostro de mi madre. Por supuesto que no me refiero a esa imagen congelada, más muerta que la muerte, que me entregan las fotografías. Ése no es el rostro de mi madre. El de ella era vivaz, móvil, expresivo, apasionado, duro y enternecido. Todo eso era; por lo menos, creo recordar que todo eso era. Lo que ya no recuerdo es el rostro en sí. El tiempo se ha encargado de quitármelo luz a luz. Se trata de un grave despojo. Entiendo perfectamente aquello que dice Bergman acerca de que no hay paisaje más fascinante y misterioso que el rostro de los seres humanos donde, por acción del tiempo, comparecen todas las edades, todos los estados de ánimo, todos los talantes de la humanidad. Esto lo recuerdo muy bien. Durante 40 años largos fui lector de ese rostro que, según recuerdo, tenía plenos poderes sobre mi risa y sobre mi ira. Entiendo el grave absurdo implícito en el hecho de que recuerde todas las potestades y todas las edades de ese rostro y que, sin embargo, haya olvidado el rostro en sí. Con él me regañaba, me celebraba, me censuraba, me felicitaba y de tiempo en tiempo, se dejaba ganar por la ternura y me devolvía súbitamente a la edad de la plena indefensión y dependencia. Recuerdo que ese rostro se aterraba ante las heréticas demasías de mi padre, se tornaba inexpresivo y ausente cuando mis tíos practicaban con aceptable galanura el mexicano deporte del albur; recuerdo también su rocosa dureza cuando estaba sentida con mi papá y había decidido no dirigirle la palabra (Germán: dile a tu padre que me pase el salero); estoy seguro de que se transformaba en El Éxtasis de Santa Teresa de Bernini cuando se hacía presente en los velorios caracterizada como la diva del Rosario de quince misterios. Casi una hora consumía en esta mística faena y jamás me he vuelto a encontrar con una virtuosa del rezo como ella que era capaz de incluir en sus rogativas materias tan diversas como las que se enuncian en Goce puerto el navegante y De la nación mexicana la unión y feliz gobierno (si supiera, la pobre).
Todo esto y mucho más; todo esto y lo que no recuerdo, ocurría en el rostro de mi madre. Llegada la noche, la evoco apagándome la luz (ya no leas, mijo, se te va a dañar la cabecita). No le faltaba razón. Ya en penumbra, me persignaba y decía: Virgen: cúbrelo con tu manto y dale tu bendición. Estos jirones son los que he salvado de ese naufragio que a todos nos prepara el mar del tiempo. Sin embargo, el rostro de Margarita Violante de Dehesa es una luna que reflejada en el agua se ha ido desdibujando irremisiblemente. Ni siquiera puedo, como el Daniel de la novela, decir que escribo para recuperarlo. No lo sé. Me consta que este artículo sí tuvo la clara intención de puntualizar que tuve madre y que mi madre tuvo un rostro que reflejó mis primeros asombros.
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